Antonio se sumergió ruidosamente en las oscuras aguas de la
laguna. En mitad de la misma meciase blandamente sobre las aguas la minúscula y
frágil estructura de un bote a remos. Durante un breve lapso permaneció Antonio
bajo las aguas, sin embargo volvió a emerger prontamente asiéndose al bote.
Tomó aire e inicio nuevamente su abrupto descenso a las profundidades
continuando con su premiosa actividad. Ya no eran frecuentes en la región de
los grandes lagos los pescadores de maravillas como Antonio, habían ido
desapareciendo al mismo ritmo que lo hacían el resto de las demás cosas. La
antaño fructífera cooperativa de buscadores de maravillas se había reducido a
un conjunto de hombres sin empleo, para los que suponía un grave problema
enfrentarse de aquel modo a las dificultades propias de la economía familiar.
Aunque de forma grave, Antonio se centró en recuperar el ánimo y continuó
descendiendo. A medida que alcanzaba una mayor profundidad, el lecho marino de
la laguna fue transformándose paulatinamente en un cuerpo premioso en el que
los contornos resultaban inalcanzables y difusos. Sin entender cómo,
experimentó un súbito cansancio y dejó de pugnar por alcanzar el fondo. “El
pescador de maravillas había muerto”.
En otro orden de cosas, Ebelinda, su hija, presintió que
algo horrible le había ocurrido a su padre aquella noche, aguardó al amanecer y
cuando el primer pespunte del alba puso su nota de color sobre las copas de lo
árboles, corrió a orillas de la laguna. Interrogó Ebelinda a los muchachos del
embarcadero, pero negaron haber visto nada. Finalmente cesó su incesante
búsqueda regresando junto a su madre, la cual estaba ya al tanto de los
acontecimientos y sufría enormemente por la pérdida de Antonio.
A finales del otoño decidieron abandonar la región y
trasladarse a la ciudad, aunque no dejó Ebelinda de alimentar la vaga esperanza
de recuperar algún día a su padre, al que tanto amaba.
Lejos, pues, y habiéndose convertido Ebelinda con el paso de
los años en una muchacha, tomó ésta como esposo a un joven marino. Laboraba
Ricardo muy temprano y regresaba al atardecer. Tenía este los cabellos oscuros
y la sonrisa amplia. Colmaba el ardoroso marino a Ebelinda de grandes
atenciones, pero en modo alguno lograba el marino despertar idéntico amor en su
esposa; de modo que ambos se fueron distanciando a medida que el tiempo
transcurría. Decidió entonces el joven desembarazarse de su esposa
definitivamente y puesto que la situación se había vuelto insostenible,
abandonó la casa que ambos compartían, tomando por esposa a una mujer distinta,
pensando obviamente que esta le colmaría de las muchas alegrías de las que
Ebelinda no había sabido colmarle. Por su parte Ebelinda regresó a la laguna.
El oculto deseo de volver a ver con vida a su padre la había transformado en
una mujer de aspecto triste y desesperanzado. Su madre había muerto hacía más
bien poco, lo que acentuaba una sorda soledad a la que parecía estar condenada.
Vagó aquel mismo día por las riberas de la laguna, quizás en espera de volver a
recuperar los otrora tiempos mejores.
Ya nadie habitaba aquella vasta región. Atravesó el corto
tramo que la separaba del embarcadero, con la segura esperanza de vislumbrar la
imagen de su padre, a quien aún soñaba poder alcanzar. Abandonó por un momento
sus bártulos. Un bote se aproximaba ondulando sobre las aguas de la laguna.
Permaneció Ebelinda largo rato observando el cadencioso balanceo de la
barquichuela. Cuando se halló lo suficientemente cerca comprobó sin estupor que
se trataba de su padre. Antonio se apeó del bote, situándose sobre el
embarcadero. Llevaba el cabello recogido y el torso desnudo. Ebelinda sonrió
felizmente al verle. De improviso las dulces casitas de madera recobraron su
brillo natural y el embarcadero se llenó de una multitud de muchachos que se
zambulleron en la laguna con gran alborozo. Antonio sintió deseos de seguirles,
mas prefirió aguardar, tiempo que aprovechó Ebelinda, para recoger infinitud de
puñados de maravillas, que los mismos muchachos desarraigaban del fondo de la
laguna y mostraban a Antonio. Este entonces daba su aprobación y volvían a
sumergirse. Los objetos que los cosechadores le entregaban, mantenían un valor
meramente simbólico, mas agrupándolos, permitieron a Antonio construir con
manos hábiles una simple tablazón que reforzó con clavos y arcilla por la que
descendería; no ignoraba el pescador de maravillas que la tarde no representaba
más que un brevísimo paréntesis y llegada la noche éste habría de volver, pues
el mundo de los ausentes y en especial el de los ahogados no permite más que un
corto viaje al universo pretérito de sus allegados ¡Pero, qué triste le
resultaba al pescador de maravillas observar el candoroso rostro de Ebelinda!
Quebrantar sus esperanzas suponía para Antonio una gran desazón. Hubo de explicarle
Antonio que pronto se marcharía y que todo aquello no representaba si no una
porción mínima de lo que aún le quedaba a Ebelinda por vivir.
Ésta se negó enérgicamente a creer lo que su padre trataba
de explicarle y huyó al bosque cercano, ocultándose, pues la más honda de las
tristezas la embargaba y no sentía deseo alguno de volver. Buscaron a ésta los
muchachos del embarcadero y el propio Antonio internándose peligrosamente en el
bosque. Profirieron voces e incluso gritaron tan alto su nombre que muchas de
las criaturas que lo habitaban huyeron atemorizadas, pero no consiguieron dar
con ella. Desolado Antonio ante la pérdida de Ebelinda e incapaz de rechazar la
imperiosa llamada proveniente del fondo de la laguna, que le señalaba la hora
de regreso, abandonó la búsqueda y regresó al embarcadero acompañado por el
resto del grupo de muchachos. Principió a descender muy apenado los débiles
escalones de la escalerita de tosca arcilla que le llevaban al fondo de la
laguna. Después le siguieron los muchachos, desapareciendo para no volver. La
noche prorrumpió pausada, con una exacerbada lentitud que lo invadió todo por
completo.
Amaneció y ante la desaparición de Ebelinda, de la que se
ignoraba su paradero hasta entonces, salieron en su busca los pocos familiares
de ésta que aún le quedaban con vida. Entre ellos se encontraba el marino y su
nueva esposa. Ricardo halló a Ebelinda cercana al tronco de una añosa encina.
No respiraba, pues había muerto también ella al igual que su padre, envuelta en
el más absoluto misterio. En sus labios dibujábase una sonrisa trágica y dulce.
Su rostro lo maquillaba un candor cercano al templado color de la piel de las
manzanas.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario