martes, 2 de junio de 2015

El Sombrerón


Conoce todas aquellas historias que alguna vez nos han hecho temblar....

Una de las características de la tradición oral literaria de Jutiapa es lo extenso y bien narrado de los cuentos tradicionales, los cuales son versiones muy antiguas, casi arquetípicas consideradas únicas en Guatemala, por tener fórmulas de entrada y conclusión tanto en los cuentos como leyendas populares que se convierten en algo estético del habla cotidiana del jutiapaneco.

Sihuahet

Sihuahet era una hermosa mujer de la cual todos los indios y principalmente los caciques se habían enamorado.
Cuando Sihuahuet cumplió alrededor de dieciocho años, un emisario del cacique de mayor jerarquía de la región, se dirigió a ella indicándole que había sido elegida para ser esposa de su jefe. Sihuahuet rehusó aceptarlo porque su corazón le pertenecía a otro hombre, además el cacique en cuestión era cuarenta años mayor que ella.
Al saber aquel poderoso hombre la decisión de Sihuahuet, decidió vengarse y envió a uno de sus guerreros a darle muerte al joven enamorado de Sihuahuet y a ella la mantuvo cautiva en una cueva hasta que un shaman por medio de un hechizo maligno la convirtió en una mujer fea y despreciable. Su cara fue deformada, sus pechos crecieron hasta rozar sus pies y aquella piel tersa y hermosa se había arrugado casi por completo. Desde ese entonces ella se pasea angustiosa por la orilla de los ríos y las quebradas, intentando volver a ver al joven que tanto amo y arrastrando sus pechos en las piedras.



Otra versión cuenta que fue su propia vanidad la que le convirtió de Sihuahuet (mujer bella) a Siguanaba (mujer horrenda). Incluso existe una tercera versión que hace alusión a las torturas y prisión que sufrió aquella desventurada joven por parte del tirano que nunca pudo obtener su amor.
Fin

EL PESCADOR DE MARAVILLAS

Antonio se sumergió ruidosamente en las oscuras aguas de la laguna. En mitad de la misma meciase blandamente sobre las aguas la minúscula y frágil estructura de un bote a remos. Durante un breve lapso permaneció Antonio bajo las aguas, sin embargo volvió a emerger prontamente asiéndose al bote. Tomó aire e inicio nuevamente su abrupto descenso a las profundidades continuando con su premiosa actividad. Ya no eran frecuentes en la región de los grandes lagos los pescadores de maravillas como Antonio, habían ido desapareciendo al mismo ritmo que lo hacían el resto de las demás cosas. La antaño fructífera cooperativa de buscadores de maravillas se había reducido a un conjunto de hombres sin empleo, para los que suponía un grave problema enfrentarse de aquel modo a las dificultades propias de la economía familiar. Aunque de forma grave, Antonio se centró en recuperar el ánimo y continuó descendiendo. A medida que alcanzaba una mayor profundidad, el lecho marino de la laguna fue transformándose paulatinamente en un cuerpo premioso en el que los contornos resultaban inalcanzables y difusos. Sin entender cómo, experimentó un súbito cansancio y dejó de pugnar por alcanzar el fondo. “El pescador de maravillas había muerto”.

En otro orden de cosas, Ebelinda, su hija, presintió que algo horrible le había ocurrido a su padre aquella noche, aguardó al amanecer y cuando el primer pespunte del alba puso su nota de color sobre las copas de lo árboles, corrió a orillas de la laguna. Interrogó Ebelinda a los muchachos del embarcadero, pero negaron haber visto nada. Finalmente cesó su incesante búsqueda regresando junto a su madre, la cual estaba ya al tanto de los acontecimientos y sufría enormemente por la pérdida de Antonio.

A finales del otoño decidieron abandonar la región y trasladarse a la ciudad, aunque no dejó Ebelinda de alimentar la vaga esperanza de recuperar algún día a su padre, al que tanto amaba.

Lejos, pues, y habiéndose convertido Ebelinda con el paso de los años en una muchacha, tomó ésta como esposo a un joven marino. Laboraba Ricardo muy temprano y regresaba al atardecer. Tenía este los cabellos oscuros y la sonrisa amplia. Colmaba el ardoroso marino a Ebelinda de grandes atenciones, pero en modo alguno lograba el marino despertar idéntico amor en su esposa; de modo que ambos se fueron distanciando a medida que el tiempo transcurría. Decidió entonces el joven desembarazarse de su esposa definitivamente y puesto que la situación se había vuelto insostenible, abandonó la casa que ambos compartían, tomando por esposa a una mujer distinta, pensando obviamente que esta le colmaría de las muchas alegrías de las que Ebelinda no había sabido colmarle. Por su parte Ebelinda regresó a la laguna. El oculto deseo de volver a ver con vida a su padre la había transformado en una mujer de aspecto triste y desesperanzado. Su madre había muerto hacía más bien poco, lo que acentuaba una sorda soledad a la que parecía estar condenada. Vagó aquel mismo día por las riberas de la laguna, quizás en espera de volver a recuperar los otrora tiempos mejores.

Ya nadie habitaba aquella vasta región. Atravesó el corto tramo que la separaba del embarcadero, con la segura esperanza de vislumbrar la imagen de su padre, a quien aún soñaba poder alcanzar. Abandonó por un momento sus bártulos. Un bote se aproximaba ondulando sobre las aguas de la laguna. Permaneció Ebelinda largo rato observando el cadencioso balanceo de la barquichuela. Cuando se halló lo suficientemente cerca comprobó sin estupor que se trataba de su padre. Antonio se apeó del bote, situándose sobre el embarcadero. Llevaba el cabello recogido y el torso desnudo. Ebelinda sonrió felizmente al verle. De improviso las dulces casitas de madera recobraron su brillo natural y el embarcadero se llenó de una multitud de muchachos que se zambulleron en la laguna con gran alborozo. Antonio sintió deseos de seguirles, mas prefirió aguardar, tiempo que aprovechó Ebelinda, para recoger infinitud de puñados de maravillas, que los mismos muchachos desarraigaban del fondo de la laguna y mostraban a Antonio. Este entonces daba su aprobación y volvían a sumergirse. Los objetos que los cosechadores le entregaban, mantenían un valor meramente simbólico, mas agrupándolos, permitieron a Antonio construir con manos hábiles una simple tablazón que reforzó con clavos y arcilla por la que descendería; no ignoraba el pescador de maravillas que la tarde no representaba más que un brevísimo paréntesis y llegada la noche éste habría de volver, pues el mundo de los ausentes y en especial el de los ahogados no permite más que un corto viaje al universo pretérito de sus allegados ¡Pero, qué triste le resultaba al pescador de maravillas observar el candoroso rostro de Ebelinda! Quebrantar sus esperanzas suponía para Antonio una gran desazón. Hubo de explicarle Antonio que pronto se marcharía y que todo aquello no representaba si no una porción mínima de lo que aún le quedaba a Ebelinda por vivir.

Ésta se negó enérgicamente a creer lo que su padre trataba de explicarle y huyó al bosque cercano, ocultándose, pues la más honda de las tristezas la embargaba y no sentía deseo alguno de volver. Buscaron a ésta los muchachos del embarcadero y el propio Antonio internándose peligrosamente en el bosque. Profirieron voces e incluso gritaron tan alto su nombre que muchas de las criaturas que lo habitaban huyeron atemorizadas, pero no consiguieron dar con ella. Desolado Antonio ante la pérdida de Ebelinda e incapaz de rechazar la imperiosa llamada proveniente del fondo de la laguna, que le señalaba la hora de regreso, abandonó la búsqueda y regresó al embarcadero acompañado por el resto del grupo de muchachos. Principió a descender muy apenado los débiles escalones de la escalerita de tosca arcilla que le llevaban al fondo de la laguna. Después le siguieron los muchachos, desapareciendo para no volver. La noche prorrumpió pausada, con una exacerbada lentitud que lo invadió todo por completo.

Amaneció y ante la desaparición de Ebelinda, de la que se ignoraba su paradero hasta entonces, salieron en su busca los pocos familiares de ésta que aún le quedaban con vida. Entre ellos se encontraba el marino y su nueva esposa. Ricardo halló a Ebelinda cercana al tronco de una añosa encina. No respiraba, pues había muerto también ella al igual que su padre, envuelta en el más absoluto misterio. En sus labios dibujábase una sonrisa trágica y dulce. Su rostro lo maquillaba un candor cercano al templado color de la piel de las manzanas.


FIN



Tres Enamorados Miedosos

Vivía en un pueblo una muchacha muy bonita; tan bonita, que tres hermanos comenzaron a enamorarla. Ella los oyó a los tres y no sabía cómo decirles que no sin que se pelearan. Esto fue lo que se le ocurrió al fin:
Llegó el mayor a declararle su amor.
—¿De veras me quieres tanto? —le preguntó.
—Ay, niña. Tanto te quiero, tanto, que haría cualquier cosa que me pidieras.
—Bueno. ¿Irías a cuidar a un muerto en el cementerio?
—Sí.
—Ven en la noche, el muerto estará listo, lo llevarás al camposanto.
—Bueno.
Al rato llegó a declararse el segundo hermano.
—Haría lo que me pidieras, para que supieras cuánto me gustas.
—¿De veras?
—Claro.
—Pues esta noche harás como si fueras muerto.
Aceptó y le tomaron las medidas para hacerle su caja.
El tercer hermano llegó más tarde.
—Ay, niña, eres mi amor. Haría por ti lo que me ordenaras.
—¿Harías de diablito?
—De lo que pidas y mandes.
Lo citó para la noche.
Cuando llegó el que iba a hacer de muerto, lo amortajaron y lo metieron al ataúd.
Al rato llegó el que debía cuidarlo: le dio cuatro cirios y lo mandó al panteón con el difunto a velarlo.
Al más chico lo vistieron con un traje cubierto de latas agujeradas. Cada lata llevaba una vela encendida dentro. Le pusieron cuernos. Salió lanzando destellos y chispas; tintineaba al caminar.
—¿Y qué debo hacer? —preguntó.
—Ve al panteón y te pones a dar de brincos.
Llegó al panteón y, aunque con miedo, comenzó a saltar.
—¡Ave María Santísima, qué es eso! —gritó el que estaba velando. Se echo a correr
—¡Jam, un diablo! —gritó el muerto y escapó.
—¡Un muerto que corre! —gritaba el diablito al emprender la huida.
El primero volteaba y veía que lo perseguían. No paró hasta llegar a su casa. Se aventó a su hamaca.
El segundo, para escapar del diablo, se escondió en la misma hamaca.
El diablo, con el susto, ni vio que el muerto venía delante de él, se fue a encontrarlo en su mismísima hamaca.
Cuando se dieron cuenta de la broma y de su miedo, dejaron en paz a la muchacha: ni la volvieron a ver; ni adiós le dijeron.


Fin.